El décimo informe Lancet Countdown, elaborado por 146 investigadores de más de 100 instituciones bajo el liderazgo del University College London y la Organización Mundial de la Salud, advierte que los efectos del cambio climático sobre la salud ya superan a las acciones de mitigación emprendidas hasta la fecha. Publicado justo antes de la COP31, el documento compara la década posterior al Acuerdo de París (2016-2025) con la anterior (2006-2015) y muestra un deterioro acelerado.
Marina Romanello, directora ejecutiva del proyecto, señala: «Los perjuicios del cambio climático sobre la salud avanzan más rápido que la respuesta mundial ante ellos. En muchos casos, se están acelerando». Por su parte, Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, enfatiza que «el cambio climático es una de las mayores amenazas para la salud» y que, sin embargo, «las soluciones están a nuestro alcance».
Impacto mortal del calor y de los extremos climáticos
Entre 2016 y 2023, las olas de calor provocaron una media anual de 540.800 fallecimientos, de los cuales el 68 % se atribuye a actividades humanas. En conjunto, la cifra supera los 3 millones de muertos en ese periodo, con un registro histórico de 710.000 muertes solo en 2023. Además, el estrés térmico redujo la productividad global en 2025, generando pérdidas de 1,07 billones de dólares (equivalentes al 0,91 % del PIB mundial), afectando particularmente al Sudeste Asiático y África, así como a los sectores de agricultura y construcción.
El escenario hídrico tampoco muestra mejoría. En 2025, el 51,8 % de la superficie terrestre sufrió sequía extrema durante al menos un mes, y el área afectada por sequías ha crecido más de 700 % más rápido que en la década anterior. Desde 2003, el 80 % del planeta ha experimentado cambios en sus reservas de agua subterránea, con un 43 % en proceso de desecación continua y un 37 % con tendencia a mayor humedad, amenazando tanto la salud como la producción alimentaria.
Al mismo tiempo, las precipitaciones intensas han aumentado su alcance. Entre 2016 y 2025, la lluvia extrema impactó anualmente al 17,2 % del territorio mundial, frente al 14,8 % de la década previa, multiplicando los riesgos de deslizamientos, inundaciones y enfermedades transmitidas por el agua.
Progresos y vacíos en la respuesta global
El informe reconoce avances, aunque insuficientes. La inversión en energías limpias creció un 7,2 % en 2025, alcanzando los 2,1 billones de dólares, cifra que supera los 1,16 billones destinados a combustibles fósiles. La participación de la energía renovable en la generación eléctrica pasó del 5,5 % en 2016 al 13,5 % en 2023, lo que ha mejorado la calidad del aire y evitado alrededor de 323 000 vidas cada año en al menos 77 países.
En el ámbito sanitario, 56 Estados miembros de la OMS ya disponen de planes de adaptación al clima; casi la mitad incorpora datos climáticos en sus sistemas de vigilancia epidemiológica, y 75 naciones cuentan con sistemas de alerta temprana para eventos meteorológicos extremos, herramientas que han demostrado reducir la mortalidad. La legislación que vincula clima y salud se ha multiplicado por 50 desde el año 2000, mientras que la financiación para la investigación sanitaria climática aumentó un 655 % entre 2016 y 2024.
Continuidad de los combustibles fósiles y el desafío económico
A pesar de los progresos, los combustibles fósiles siguen aportando más del 80 % de la energía mundial, responsable de 2,73 millones de muertes anuales. Las emisiones globales alcanzaron un máximo histórico en 2024 y se prevé un empeoramiento, ya que las 100 mayores compañías petroleras y gasísticas proyectan incrementar su producción en un 150 % por encima del nivel compatible con el objetivo de 1,5 °C para 2040.
Los subsidios a los combustibles fósiles también han tocado cifras sin precedentes entre 2022 y 2024; diez países gastaron en 2024 más en subsidios que en sus sistemas de salud, un dato alarmante que el informe subraya como obstáculo para una transición justa. Por ello, se exhorta a considerar el cambio climático como una emergencia sanitaria, implementar reducciones urgentes y equitativas de emisiones, mantener la inversión sostenida en investigación y destinar fondos sanitarios en forma de subvenciones a fondo perdido, garantizando que todas las naciones puedan adaptarse sin caer en endeudamiento adicional.



